El poema de la semana

LA PACIENCIA DEL ESPANTAPÁJAROS 

La plenitud pasaba con sus carros colmados de heno. 
¡Aldonzas! 
Son tan tontas las novias por aquí. 
Vi costureras con sus faldas blancas y en los pajares inmensos 
caían estrellas y ahí se quedaban durante años, soltando su sermón de Apocalipsis. 
Siempre quise ser bueno, 
siempre estuve dispuesto a abrazar a la gente. 
Pero los niños descosieron mi chaqueta 
y los cuervos católicos 
se llevan los botones de mis ojos amables. 
No estoy hecho de oro. 
No podré repartirme entre los pobres. 
No sé si estoy en el estado de Alabama. 
No sé quién fue Lutero. 
Pero, bueno, aquí sigo. La lluvia me seduce 
con sus caderas transparentes y suspiro y más suspiro 
al pensar en amores, al pensar en amores que no tuve. 
Mi vecino pasea con su rifle. 
Mi cabezón de calabaza tiembla. 
¡Ay! 
¿Quién atraviesa el maizal? 
Por la ventana abierta de la cabaña veo 
la televisión. Así conozco el mar 
y sé que hay otros como yo que bailan 
y tienen hijos de palo. 
Mi madre fue una oca; 
me enseñó a ir erguido por el mundo. 
Y tuve compañeros; no creáis que fui a solas 
por esos andurriales predicando a los sordos. 
Tres veces me caí. 
Me escayolaron el tobillo izquierdo. 
Las enfermeras eran guapas y jóvenes y sabían recitar cosas terribles: 
en la silla amarilla se sienta la ardilla, 
en el sillón el salmón. 
En fin, hijos, que fui feliz un tiempo 
y después ya sabéis. 
La luna, vieja azada del otoño, 
labró estos surcos de metal cansado. 
Los hombres de la tierra me pusieron aquí. 
A veces viene el viento, 
se lleva mi sombrero hecho de paja 
y lo llaman espíritu. 
Solo soy el amigo, 
el amigo de todos los que esperan 
y no el crucificado.